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    Presidio cubano: emblema de un fracaso (II parte y final)

    PRISIONES
    Presidio cubano: emblema de un fracaso (II parte y final)

    Oscar Mario González

    PRISION 1580, LA HABANA – Noviembre (www.cubanet.org) – Las prisiones
    del mundo son crueles porque privan al hombre de su libertad, y al
    hacerlo, quiebran el mayor tesoro del ser humano. Sin libertad la
    existencia es insípida. Sólo los argumentos de justicia y protección a
    la sociedad parecen justificar el encarcelamiento.

    Las cárceles cubana poseen el triste privilegio de algunas crueldades
    propias del esquema totalitario que rige la vida y milagro del
    ciudadano. Tutelaje que se inicia en el momento en que se nace en el
    hospital que determinan las autoridades. A esta última circunstancia no
    escapan los pejes gordos, que por deseo propio del difunto y decisión de
    la nomenclatura, prefieren ser velados en la funeraria de Calzada y K,
    del Vedado, orgullo de la antigua burguesía cubana y de los miembros de
    la nueva clase. De la funeraria al cementerio de Colón no hay más que un
    pasito.

    Uno puede pensar que por encontrarse tras las rejas descansará del
    “teque”, de la cháchara propagandística y del lavado de cerebro. No es
    así. Hasta las cárceles del régimen llega el mensaje revolucionario
    durante el matutino nuestro de cada día donde, entre otras cosas
    sueltas, se alude a la efemérides del día, de acuerdo con las
    prioridades e intereses ideológicos. Frente a las nutridas filas de
    reclusos debidamente formados, se alzan otros presos que, en calidad de
    “activistas”, reseñan los logros alcanzados, los crímenes del
    imperialismo yanqui en Irak, y los de Israel contra los pacíficos
    palestinos. Delincuentes devenidos en agitadores políticos; críticos
    mordaces de la víspera, cuyas diatribas contra Bush y la Comunidad
    Europea los identifica como verdaderos “gusanos rojos”.

    También circulan, ocasionalmente, comunicados de apoyo a los
    pronunciamientos del máximo líder, que recaban la firma aprobatoria de
    la población penal. La firma es “voluntaria”, pero nadie se niega a
    ofrecerla, pues por muy preso que seas, y por muy delincuentes que
    muchos resulten, saben que dejar de firmar equivale a meterse en las
    patas del diablo. Así pues, la mano homicida, avezada en el navajazo y
    la puñalada, estampa su rúbrica para apoyar lo que siempre dice
    “condenar”, para no meterse en camisa de once varas. Para no complicarse
    la vida.

    Así como fuera de la prisión se vive bajo un permanente aguacero
    ideológico, y sobre una permanente avalancha política, en el presidio
    cubano son frecuentes las actividades político-culturas, con el
    agravante de la imposible escabullida, pues en aguas tan densas no es
    posible tampoco la zambullida.

    Un hecho que como otros muchos desdice la cacareada igualdad racial
    preconizada por el régimen, tiene que ver con la cantidad de negros y
    mestizos que llenan las cárceles. El 85 por ciento de los reclusos
    cubanos pertenece a la raza negra. Quizás la evidente discriminación
    racial del presidio cubano sólo sea superada por la industria turística.
    Pero en este caso a favor del blanco.

    De cada 10 cubanos encarcelados dos o tres extinguen sus condenas por el
    insólito delito de “peligrosidad”. Esta antijurídica figura delictiva
    niega el principio de presunción de inocencia, y está destinada a
    encarcelar a todo individuo que resulte molesto a las autoridades,
    principalmente a opositores pacíficos.

    De los once presos políticos que he conocido en prisión, sólo dos
    teníamos causa política. Los nueve restantes se encuentran presos por
    “peligrosidad”. Esta jugarreta, oculta bajo el velo de la legalidad,
    constituye un enorme recipiente donde el gobierno echa todo lo que le
    resulte inconveniente. Todo lo que obstruya el flujo totalitario.

    Se trata de una gran pocilga, donde se nutren y ceban las bajas pasiones
    y los instintos de los jefes de sector de la policía, directivos de los
    Comités de Defensa de la Revolución, y otros tantos que en nuestra
    desdichada nación utilizan su poder e influencia para saciar oscuras
    pasiones.

    N. del ed.: Esta crónica fue escrita por Oscar Mario González antes de
    ser excarcelado el 20 de noviembre, tras 16 meses de encierro durante
    los cuales no fue sometido a juicio.

    http://www.cubanet.org/CNews/y06/nov06/30a8.htm

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