Dangerousness
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    Cronica de una injusticia

    REPRESION
    Crónica de una injusticia

    Miguel Iturria Savón

    LA HABANA, Cuba – Agosto (www.cubanet.org) – Se llama Alexander. Lo
    conocí hace unos meses en un apartamento de El Vedado. Estaba reunido
    con un amigo común. Llevaba unos días en la capital en unión de Melisa
    Aballe, su esposa. Charlamos durante media hora. Volví a verlo otra vez
    antes de su partida hacia Gibara. Supe después que lo detuvieron en
    Holguín, donde le confiscaron las cosas que llevaba. Lo evoqué como a un
    ángel extraviado en el infierno. Pensé que tenía las fichas marcadas,
    pero no pude imaginar la magnitud de la parodia a la que sería sometido.

    Alexander Santos Hernández es un joven delgado, de gestos mesurados y
    ojos claros. Pertenece a esa especie de hombres buenos que creen en el
    cambio y apuestan por el futuro. Lleva seis años en la oposición
    pacífica. Ha creado una biblioteca independiente y difundido esperanzas
    en las provincias orientales. La Seguridad del Estado le confiscó sus
    libros y limitó sus movimientos. Fue el tercer paso de una cadena de
    violaciones. El viernes 30 de junio asaltaron su casa. El sábado le
    organizaron un acto de repudio. En la madrugada del lunes 3 de julio lo
    condujeron a la unidad municipal de la policía. Lo condenaron el martes
    siguiente a cuatro años de cárcel por “peligrosidad social” en un juicio
    que denigra al derecho cubano.

    ¿Por qué tanto ensañamiento contra un ciudadano apacible ajeno a delitos
    y acciones violentas? ¿Cómo es posible condenar a alguien violando los
    principios jurídicos de contradicción, publicidad, oralidad y presunción
    de inocencia?

    Se trata de una medida extrema para amedrentar a la oposición pacifica.
    Alexander era coordinador del Movimiento Liberal Cubano en la zona
    oriental, y gozaba del respaldo de vecinos y amigos que desafiaron a la
    turba gubernamental que lo acorraló durante tres días. Dicen que fue un
    verdadero forcejeo cívico contra la soberbia de los sabuesos que
    gritaban consignas de intolerancia. En medio del conato alguien gritó
    desde una azotea: ¡Guarden la Constitución! ¡Quemen las leyes! ¡Son
    innecesarias!

    No se equivocaba. La acción parece indicar que la legislación está al
    servicio de la arbitrariedad. La policía ordena, los tribunales juzgan y
    condenan. No hacen falta pruebas, testigos ni actos de desobediencia.
    Basta con elaborar el expediente, detener a la víctima y dictar la
    sentencia. Las leyes sólo cubren las apariencias y justifican la represión.

    El manejo del “peligro” como un asunto de “política criminal” sobrepasa
    las expectativas del Código Penal, lo cual viola las leyes, pues deja a
    los ciudadanos a merced de los guardianes ideológicos, quienes
    aprovechan tal prerrogativa para encarcelar a los disidentes. La condena
    sorpresiva de Alexander Santos Hernández corrobora el trasfondo inhumano
    del Título XI de la Ley 62 del citado Código.

    Una condena sumaria nos sumerge en la decepción. Sólo la imaginación me
    permite pensar en la tragedia del encierro de este joven amable, cuya
    desventura supera nuestra realidad. Le faltará una Biblia entre las
    rejas. Los guardianes tratarán de comprarle la conciencia. Detrás del
    decorado de los muros las fieras enjauladas pueden apagar su voz. Sólo
    la fe, su esposa y unos pocos amigos lo ayudarán a vencer la inmovilidad
    de las sombras.

    http://www.cubanet.org/CNews/y06/ago06/02a6.htm

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